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miércoles, 12 de septiembre de 2012

La Guerra- Por VOLTAIRE



Que los hechos pasan y los hombres quedan, parece ser una verdad de Perogrullo, pero se ha vuelto corriente que los segundos reiteren los primeros haciendo de la historia un pobre calidoscopio en el que se repiten las imágenes de manera predecible. Tal hecho se evidencia en la actualidad que recobran algunos textos críticos escritos en "otros" tiem­po y lugar. El presente artículo, escrito en el siglo XVIII, es un ejemplo sustentador de la anterior afirmación. Su autor es Francisco María Arouet de Voltaire(1694-1778). El texto origi­nal se publicó en Ginebra en 1769 en el Diccionario Filosófico  con el Título La razón por el alfabeto (Pgs. 289- 294). La edición aquí tomada es la segunda de los Clásicos Bergua, Madrid 1966, con traducción y acotaciones de don Juan B. Bergua. En esta entrada se ha intentado, en lo posible, conservar las opciones personales del citado señor Bergua asi como la sintaxis original. Todos los subrayados (itálicas y negrillas) son mi acostumbrada (e injustificable) intromisión.

El Hambre, La Peste y la Guerra son los tres ingredientes más famosos de este desdichado Mundo. Pueden clasificarse en la fila del hambre todos los malos alimentos que la carestía nos obliga a emplear para abreviar nuestra vida con la esperanza de sostenerla. Entran dentro de la peste todas las enfermedades conta­giosas, que alcanzan la cifra de dos o tres mil. Estos dos presentes nos vienen de la divina Providencia. Pero la guerra, que reune todos estos dones, tiene por causa la imaginación de trescientas o cuatrocientas personas repartidas por la superficie del Globo con el nombre de príncipes o de ministros; y sin duda por está razón es por lo que en muchas dedicatorias son llamados imá­genes vivas de la divinidad. (1)
El más decidido de los aduladores convendrá sin do­lor en que la guerra arrastra siempre tras sí a la peste y al hambre, por poco que haya visitado los hospita­les de los ejércitos en Alemania o si ha pasado por alguna aldea donde haya tenido lugar alguna memo­rable acción guerrera.

Claro que tal vez sea un arte magnífico éste, que asola los campos, destruye las moradas y hace perecer por regla general cada año cuarenta mil hombres en­tre cada cien mil. Esta invención fue primeramente cultivada por naciones reunidas en aras del bien co­mún; por ejemplo, la asamblea de los griegos declaró a la asamblea frigia y de los pueblos vecinos que iba a partir en un millar de barcas de pescadores con ob­jeto de exterminarlos si podía. El pueblo romano juzgaba en asamblea si era para él interesante ir a batirse antes de la cosecha con el pue­blo de los veyos o contra volsgos. Y algunos años des­pués, todos los romanos, estando furiosos contra to­dos los cartagineses, se batieron contra ellos mucho tiempo por mar y por tierra. Pero hoy ya no ocurre lo mismo.

Un genealogista prueba a un príncipe que desciende en línea recta de un conde cuyos parientes habían he­cho un pacto de familia, hace tres o cuatrocientos años, con una casa de la que ya no queda ni memoria; esta casa tenía pretensiones remotas hacia una provincia cuyo último dueño y señor murió de apoplejía: pues basta esto para que el príncipe y su consejo decidan sin dificultad que esta provincia le pertenece de dere­cho divino. La tal provincia, que por cierto está a al­gunos centenares de leguas de allí, en vano protesta que no le conoce y que no tiene deseo alguno de ver­se gobernada por él; que, para dar leyes a las gentes, preciso es, cuando menos, tener su aquiescencia; ta­les razones ni tan siquiera llegan a oídos del príncipe cuyo derecho es incuestionable. Al instante encuen­tra un gran número de hombres que nada tienen que hacer ni nada que perder; vístelos con un fuerte paño azul de a ciento diez perras chicas la ana (2), bordea sus sombreros con hilo blanco muy grueso, los hace dar vueltas a derecha e izquierda, y marcha en busca de gloria (3) Los otros príncipes, que oyen hablar de esta excur­sión, toman parte en ella, cada uno según sus fuer­zas, y cubren una pequeña extensión del país de más asesinos mercenarios que Gengis-kan, Tamerlán y Bayaceto (4) arrastraron jamás tras de sí.

Pueblos bastante alejados oyen decir que va a haber guerra, y que puede ganar cinco o seis perras chicas diarias todo aquel que quiera ser de la partida, e in­mediatamente se dividen en dos bandos, como los se­gadores, y corren a vender sus servicios a cualquiera que los quiera pagar. Tales multitudes se encarnizan unas contra otras, no solamente sin tener interés al­guno en lo que se ventila, sino sin saber tan siquiera de que se trata. Encontrándose con frecuencia cinco o seis potencias beligerantes, a veces tres contra tres, a veces dos contra cuatro, ora una contra cinco, de­testándose todas igualmente unas a otras, uniéndose y atacándose sucesivamente y tan sólo de acuerdo en un punto: en el de hacer todo el daño posible.

Lo maravilloso de esta empresa infernal es que cada jefe de asesinos hace bendecir sus banderas e invoca solemnemente a Dios antes de correr a exterminar a su prójimo. Si uno de los jefes no ha tenido la dicha de poder degollar a dos o tres mil hombres, entonces no da las gracias por ello a Dios; pero cuando ha ex­terminado a sangre y fuego a unos diezmil y cuando, para colmo de ventura, alguna ciudad ha sido destruida hasta en sus cimientos, entonces entonan con todo el aparato imaginable una canción bastante larga, compuesta en un idioma desconocido para todos los que han combatido y llena, de propina, de barbarismos.

La misma canción sirve para las bodas y para los na­cimientos como sirve para los asesinatos: lo que ver­daderamente resulta imperdonable, sobre todo tratán­dose de la nación más afamada a causa de sus cancio­nes nuevas. Por todas partes contratan arengadores que celebren las jornadas asesinas. Unos van vesti­dos de una larga casaca negra, bajo un abrigo recor­tado; los otros llevan una camisa por encima del tra­je; algunos ostentan colgantes de tela abigarrada por sobre esta camisa. Todos hablan largo y tendido; ci­tan lo que en otro tiempo no pasó en Palestina con motivo de cierto combate en Veterabia.(5) El resto del año estas gentes declaman contra los vicios. Prue­ban por tres razones y por antítesis que las damas que extienden levemente un poco de carmín en sus fres­cas mejillas serán eterno objeto de inacabables venganzas por parte del eterno; que Poliuto y Atalia (6) son obras del demonio; que un hombre que hace servir en su mesa por doscientos escudos de pescado fresco en un día de cuaresma se salva irremisiblemen­te, mientras que el pobre que come dos perras chicas y media de carnero va para siempre con todos los dia­blos. De cinco a seis mil declamaciones de este géne­ro, apenas hay tres o cuatro, a todo poner, compues­tas por un galo llamado Massillón(7), que un hom­bre honrado pueda leer sin asco; ocurriendo que en toda esta caterva de discursos no hay ni uno solo tan siquiera en que el orador se levante contra ese azote y crimen que es la guerra, compendio de todos los azotes y todos los crímenes humanos. Los desdicha­dos arengadores hablan y hablan sin cesar contra el amor, único consuelo del género humano y única ma­nera de reparar sus pérdidas, mientras que nada di­cen de esos esfuerzos, abominables que hacemos pa­ra destruirle. ¡Mal sermón habéis hecho contra la im­pureza, oh ilustre Bourdaloue!(8). En cambio, no se os ha ocurrido ocuparos sobre esos asesinatos de mil formas, sobre esas rapiñas, sobre esos bandidajes, so­bre esa rabia universal que aniquila al mundo. To­dos los vicios reunidos de todas las edades y de todos los lugares no igualarán jamás a los males produci­dos por una sola campaña.

¡Miserables médicos de almas, gritáis durante cinco cuartos de hora a propósito de insignificantes pinchacillos de alfiler, y nada sois capaces de decir acerca de la enfermedad que nos deshace en mil pedazos! fi­lósofos moralistas, quemad vuestros libros. MIEN­TRAS EL CAPRICHO DE UNOS CUANTOS HOM­BRES JUSTIFIQUE LA DEGOLLACIÓN DE MILLA­RES DE NUESTROS HERMANOS, LA PARTE DEL GENERO HUMANO CONSAGRADA AL HEROÍSMO SERA CUANTO HAY DE MAS AFRENTUOSO EN TODA LA NATURALEZA.

Y lo peor de todo es que la guerra es un azote inevita­ble. Si nos fijamos bien,todos los hombres han ado­rado al dios de marte: Sabaoth, entre los judíos, sig­nifica el dios de las armas; pero Minerva, en Home­ro, llama a marte dios furioso, insensato e infernal.

¿Qué es para mí ni qué me importan la humanidad y su porvenir, la beneficencia, la modestia, la tem­perancia, la dulzura, la sabiduría y la piedad, mien­tras media libra de plomo tirado a seiscientos pasos me deshaga el cuerpo, haciéndome morir a los vein­te años entre tormentos inexpresables, en medio de cinco o seis mil agonizantes, y al tiempo que mis ojos, que se entreabren por última vez, ven la ciudad en que he nacido destruida por el hierro y por el fuego, y cuando los últimos sones que escuchan mis oídos son los gritos de las mujeres y de los niños que expi­ran entre las ruinas, todo por los pretendidos intere­ses de un hombre que ni tan siquiera conocemos?

En 1771, Voltaire añadió lo siguiente, que va como anillo al dedo a ese recelo de ciertos estados actuales ante el temor de que otros lleguen a ser atómicamente poderosos:

"El célebre Monstesquieu, que pasaba por humano, ha di­cho no obstante que es justo entrar a sangre y fuego en la casa de los vecinos, si se teme que lleguen a ser demasiado poderosos, si tal es el espíritu de las leyes, leyes son dignas de Borgia y de Maquiavelo. Si desgraciadamente dijese ver­dad, es preciso ir contra esa verdad, aunque fuese probada por los hechos. He aquí lo que dice Montesquieu: "Entre las so­ciedades el derecho de defensa natural empuja algunas ve­ces a la necesidad de atacar cuando un pueblo ve que una más larga paz pondría a otro en estado de destruirle, y que el ataque es en aquel momento el único medio de impedir esta destrucción".

Si hubo alguna vez una guerra evidentemente injusta, es la que proponéis; es ir a matar a vuestro prójimo, por miedo a que vuestro prójimo (que no os ataca) esté en estado de atacaros: es decir, que es preciso que os aventuréis a arrui­nar a vuestro país con la esperanza de arruinar sin razón el de otro; esto, en verdad, ni es honrado ni útil, pues jamás se está seguro del éxito, como muy bien sabéis.

Si vuestro vecino llega a ser demasiado poderoso durante la paz, ¿quién os impide volveros poderoso como él? Si ha hecho alianzas, hacedlas vosotros por vuestra parte. Si, te­niendo menos religiosos, tiene más brazos útiles, obreros y soldados, imitadle en esta sabia economía. Si ejercita mejor a sus marineros, ejercitad a los vuestros; todo ello es per­fectamente justo. Pero exponer vuestro pueblo a la más ho­rrible miseria, con la idea tan frecuentemente quimérica de desolar a vuestro querido hermano el serenísimo príncipe limítrofe, esto no sería un presidente honorario de una com­pañía pacífica quien debiera dar tal consejo."

El asunto se presta a profundas meditaciones. Hoy, más que nunca, parece difícil el papel de estadista. Y el de filósofo. Pues no se sabe qué aconsejar. Pero ¿matar hoy por temor a ser muerto mañana? Porque ¿quién sabe lo que ocurrirá mañana?
 NOTAS:
1. Por este pasaje fue por el que Larcher (Pedro Enri­que, erudito y helenista francés, 1726-1812) llamó a Voltaire "bestia feroz de quien todo se puede temer".

2. Ana, medida de longitud anterior al sistema métri­co, equivalente a un metro veinte centímetros.

3. Hoy han cambiado algo las cosas. Los príncipes no hacen ya las guerras por ambición o capricho, por la sencilla razón, de que los pocos que quedan aún en países muy aferrados a la tradición, son puras fi­guras decorativas que el Estado (ni siquiera el pueblo ya) paga y sostiene como un lujo estúpido, pero lu­jo; como sostiene otros lujos más útiles, algunos ta­les que las catedrales, los museos, los embajadores, etc., etc. Los últimos reyes con fuerza y maldad su­ficiente para provocar una guerra (Guillermo II de Alemania, Francisco José de Australia, Nicolás de Ru­sia, Afonso XIII de España y alguno más de menor importancia aún) fueron barridos hace pocos años, pero no se crea que acabaron las guerras al acabarse los principes; otros quedan no menos peligrosos que aquéllos, los "magnates de la industria y de la ban­ca", que son los que aún durante quién sabe cuántos siglos, tantos cuantos tardan los pueblos en desper­tar, es decir, en instruirse, llenarán la tierra de san­gre. O sea que en lo a la "barbarie" respecta esta­mos, pese al tan declamado progreso y al tan caca­reada civilización, como cuando Cambises asolaba el Egipto, no dando paz y cuartel ni a hombres ni a dioses. Pero qué digo, mucho peor, pues ¿con qué lógica llamamos cruel y nos espanta el proceder de aquellos guerreros de otros tiempos que sacaban los ojos al príncipe enemigo caido en su poder, si noso­tros llamamos sabio y llenamos el pecho de bandas y cruces al miserable que inventa un gas que abrasa los ojos de diez mil hombres en un segundo? Y es que mientras los hombres sean "ignorantes" y "am­biciosos", la guerra se cernirá como nube sombría sobre la Tierra, pues en el primer caso correrán a matarse por un engaño, por una medalla, por un tí­tulo o por una cruz, o por una idea estúpida, o por un sistema social que cuanto hará será encadenarlos, cierto de modo distinto a como lo estaban antes; y en el segundo serán capaces en todo instante de en­cender una contienda para conseguir mercados para dar salida a los productos de su fábricas, por tierras donde cosechar algodón, trigo o azúcar, por unos bos­ques que suden caucho o por unos pozos que vomi­ten petróleo. Y los filósofos en vano tratarán de po­ner ante sus ojos las verdades de su inteligencia; cie­gos desde la infancia, víctimas de una educación an­ticuada, torpe y funesta, no serán capaces de ver otra luz que la que les atraiga, como el espejuelo a las alondras, en nombre de cualquiera de las mentiras enumeradas, y les empuje a matar y hacerse matar en provecho de otros, si es que no aceptan el ser ase­sinos conscientes (cual ocurre cada vez más, pese a cuanto se a dicho de las tropas mercenarias) por el más vil e infamante de los jornales.
4. Bayaceto (1347—1403), sultán de los turcos (1389). Conquistó el Asia Menor, batió a los cristianos en Nicópolis (1393) y fue vencido y hecho prisionero en Ancyra (1402), tras reñidísima y sangrienta bata­lla, por Tamerlán.
5. Quiere decir que invocan hechos indemostrables.
6. Tragedias de Racine, inspirada la última en la reina de Judá, de tal nombre, célebre por su impiedad y por crímenes. Fue esta Atalia hija de Acub, rey de Israel, y de Jezabel; y se casó con Joram, rey de Judá Para llevar hasta el trono, el año 884, a su hijo Ochicías, hizo asesinar a cuarenta y dos príncipes de su familia.
7. Juan Bautista Massillon (1663 - 1742), pre­dicador francés nacido en Hyeres, autor de la Petit Careme. Su elocuencia dulce y penetrante y la per­fección de su estilo hicieron de él el mejor predica­dor de su tiempo y uno de los grandes oradores sa­grados y de Francia.
8. Luis Bourdalque (1632 -1704), uno de los ora­dores más eminentes de la cátedra sagrada francesa. Era jesuíta. Sus Sermones son notables, si no se pro­fundiza mucho, por la aparente fuerza del razonamien­to sobre que parece apoyarlos y la severidad de ¡a moral jesuítica que resplandece en ellos. Bourdaloue había nacido en Bourges.

jueves, 28 de julio de 2011

Marshall McLuhan- Veritas liberabit nos

Situando nuestros cuerpos físicos en el centro de nuestros sistemas nerviosos ampliados con la ayuda de los medios electrónicos, iniciamos una dinámica por la cual todas las categorías anteriores, que son meras extensiones de nuestro cuerpo, incluidas las ciudades, podrán traducirse en sistemas de información.”
Esta es la hora en que un párrafo como el anterior no ha podido ser totalmente digerido por los tecnócratas de la red, que se ufanan de su habilidad para "chatear", "hackear" o diseñar software para viajar al hiper espacio o intervenir archivos privados y que, incluso, alardean de su "inteligencia global", pero que, tal como lo predijera McLuhan, terminaron convertidos en lo que contemplan”, ciñéndose sin saberlo a la premisa mclujaniana de que “somos modelados por las herramientas que modelamos. Fue escrito en 1964 por Herbert Marshall McLuhan  (Edmonton, Alberta, Canadá 21 de julio de 1911 – Toronto, 31 de diciembre de 1980) en Comprender los medios de comunicación (clic aquí para tenerlo en pdf), dos años después de La galaxia Gutemberg (1962), obra en la que introdujo la (en ese entonces) hipótesis "loca" de la “aldea global” que anticipaba en medio siglo, la hoy familiar, interconección digitalizada de los residentes de esta googleada esfera.
McLuhan fue el primero en profetizar la abrupta evolución epistémica de una construcción mecánica, objetiva, no implicada y real del mundo a un desarrollo electrónico, inmerso, implicado, inmediato y virtual del mismo. En Comprender los medios de comunicación sustenta la tesis de que “el medio es el mensaje” mediante la exposición y análisis de dos momentos esenciales en la evolución cultural y social de la humanidad: A- El surgimiento de la imprenta con tipo móvil a mediados del siglo XV que generó e impuso una estructura de "percepciones del mundo" en formatos compatibles con el orden visual de la página impresa y un sistema ordenador del pensamiento en patrones rectilíneos; y B- Las modernas aplicaciones de la electricidad (telégrafo, teléfono, televisión, ordenadores, etc.) surgidas desde finales del siglo XIX,  que obligarían a la gente a reordenar sus percepciones del mundo en formas compatibles con los protocolos de la comunicación ciberespacial.  
Menos "académico" que Edgar Morín y no tan "cosmocéntrico" como Heinz von Förster el de la "Doomsday Equation" (Ecuación del Día del Juicio Final), aunque tan complejista como el primero y más excéntrico que el segundo, coincide con ambos en el desarrollo de un enfoque multidimensional de la naturaleza humana, según el cual el Sujeto y el Objeto son partes inseparables de la relación autorganizador-ecosistema que liga los conocimientos dispersos.
El pasado 21 de julio habría cumplido sus primeros cien años, y resulta dolorosamente irónico el silencio (ya sea por ignorancia o por indiferencia) de comunicadores y cibernáutas. Su epitafio en latín reza "La verdad nos hará libres"; yo le añado: Verdad que se comprueba es obviedad que se desprecia. Definitivamente "el contenido sigue a la forma, y las tecnologías incipientes dieron lugar a nuevas estructuras de pensamiento y sentimiento".

martes, 19 de abril de 2011

Emile Cioran: La amarga premonición de los aforismos subjetivos

Don Quijote representa la juventud de una civilización: él se inventaba acontecimientos; nosotros no sabemos cómo escapar a los que nos acosan. (Silogismos de amargura)

E
l pasado ocho de abril se cumplieron cien años del nacimiento de Emile Michel Cioran en Rasinari, una aldea rumana de aquellos tiempos en que esos territorios pertenecían al Imperio Austro Húngaro. El mejor "homenaje" que se le ha podido hacer a su manera de ver, deglutir, rumiar y vomitar (o cagarse en) el mundo, ha sido el silencio de la industria cultural, el olvido de las academias y la ignorancia de las nuevas generaciones de aprendices de comerciante. Yo, que en algo creo imitarlo, me le voy a tirar el agasajo haciéndole esta breve alusión.
Si en este mundo ha existido mortal alguno en quien se cumpliera a plenitud la sentencia de Ortega y Gasset en sus Meditaciones del Quijote: Yo soy yo y mi circunstancia y si no la salvo a ella no me salvo yo, ése, indiscutiblemente, es E. M. Cioran, tanto por su costumbre emulada del flaco aquél de "lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor" de pelear contra pastores de cabras, como por la irónica relación entre su arché (disfrazado de destino) y su voluntad (colérico dáimôn -Δαίμων- encadenado a las contingencias de un mundo de porquería) "Nada de lo que hagamos va a cambiar nada realmente, nada,... porque nada somos y en nada nos convertiremos, por los siglos de los siglos hasta el final de esta mierda de mundo". Hijo de un sacerdote ortodoxo y lector ávido desde su adolescencia (leyó con frenesí a Diderot, Balzac, Lichtenberg el aforista, Flaubert, Dostoievsky, Tagore...) consiguió ingresar en 1928 a estudiar filosofía en Bucarest, donde conoció a sus dos paisanos ilustres: Eugène Ionesco y Mircea Eliade. En 1934 publicó en rumano su primer libro Pe culmile disperării (En las cumbres de la desesperación -Tusquets Editores, 1996) (¡tenía 23 años!). El vicio de la lectura era compartido con su gusto por las putas. "Creo que pasé toda mi adolescencia entre bibliotecas y burdeles", decía. En 1937 se fue becado a estudiar a Francia; pero, en lugar de asistir a las clases de la Sorbona, prefirió recorrer Francia en bicicleta, visitando las distintas universidades sólo para pedir que lo dejaran comer gratis. De regreso a París solía esperar la noche para envolverse en su icónico sobretodo negro y salir a caminar por los barrios más marginales de París en compañía de su amigo Samuel Beckett, regustando a su manera entre las putas y los malandros la música, los silencios y las explosiones de Schubert, Borges y el flamenco, hasta que la luz del alba los regresaba a sus guaridas.
Pensar, escribir, arremeter contra todo: "Soy uno de esos que, por millones, se arrastran sobre la superficie de la tierra. Uno más solamente. Esa banalidad justifica cualquier conclusión, cualquier conducta: libertinaje, castidad, suicidio, trabajo, crimen, pereza, rebeldía. Cada cual tiene razón en hacer lo que hace". En 1949, a sus 38 años, Cioran tuvo la lucidez de los predestinados para descubrir de un solo tajo la inutilidad de la existencia y la estupidez de los esfuerzos humanos para dilatarla; publicó en francés Précis de décomposition (traducido al español como Breviario de podredumbre -Taurus, 1988 -Tusquets Editores, 1998): "La gente me produce asco, tengo asco hasta de mi mismo. Deseo una destrucción completa de todo lo humano, incluidos ellos e incluido yo, ya que no soy especial ni mejor que ellos. Soy una mierda más puesta en este mundo sin mi aprobación. Veintisiete años son más que suficientes para poder soportar todo este absurdo que me rodea y que me invade, es suficiente para ver que todo lo que hacemos no servirá de nada, que ningún sentido tiene seguir sufriendo y siguiendo una rutina estúpida que no nos conduce a nada. Mierda de vida, mierda de sociedad, mierda de gente, mierda de sistema,... MIERDA, mi palabra favorita, sólo ella es capaz de describir sin esfuerzo mis pensamientos."
"Primer deber al levantarse: avergonzarse de uno mismo". Descreía de todo en voz alta: De los místicos que no entienden que es ridículo dirigirse a Dios (cuando todos saben que Dios no lee); de los sabios que impiden que uno se entregue definitivamente a sus instintos y a la expansión de la locura; del lenguaje, ya que cada vez que piensa en lo esencial cree entreverlo en el silencio o en el grito. Tenía pensamientos amargos y los vertía en una prosa entrecortada; sus afuerismos, más próximos al martillo nietzscheano que al rigor kantiano o el lirismo hegeliano (tan influenciado por Hölderlin -también hijo de clérigo, con vida adusta y muerte por enfermedad mental-), presentados en forma fragmentaria y asistemática, constituyen una exaltación vital y casi salvaje del vacío de vivir y la desesperación de la constante vigilia. No hay discurso, ni prédica; no propone ni se toma en serio. Su escepticismo, menos racionalista que sentimental, no encaja en el estilo narrativo ni en el lenguaje pretencioso de los existencialistas canónicos de posguerra (Sartre y Camus, por ejemplo). Tal vez el Absurdo ionescano o el Eterno Retorno de Elíade lo hayan marcado más de lo que él hubiese podido imaginar. Para entender esto, baste mirar algunos títulos de sus libros: Pe culmile disperării, 1936 (En las cimas de la desesperación,Tusquets Editores, 1996); Cartea amăgirilor, 1936 (El libro de las quimeras, Tusquets Editores); Le Crépuscule des pensées, 1940 (El ocaso del pensamiento, Tusquets Editores, 1995); Précis de décomposition, 1949 (Breviario de podredumbre, Taurus, 1988 - Tusquets Editores, 1998); Syllogismes de l´amertume, 1952 (Silogismos de la amargura, Tusquets Editores, 1990); La tentation d'exister, 1956 (La tentación de existir, Taurus, 1979); Histoire et Utopie, 1960 (Historia y Utopía,Tusquets Editores, 1988); La chute dans le temps, 1966 (La caída en el tiempo, Tusquets Editores, 1993); Le mauvais demiurge, 1969 (El aciago demiurgo, Círculo de Lectores, 1993); De l'inconvénient d'être né, 1973 (Del inconveniente de haber nacido); Écartelèment, 1979 (Desgarradura); Adiós a la filosofía y otros textos (Alianza Editorial, 1982); Aveux et anathèmes et exercices d'admiration, 1986, 1987  (Anatemas y admiraciones); Aveux et anathèmes, 1986 (Ese maldito yo, Tusquets Editores, 1987); Lacrimi si Sfinti, 1986 (De lágrimas y santos, Tusquets Editores, 1988); Exercices d'admiration. Essais et portrais (Ejercicios de admiración y otros textos, Tusquets Editores, 1993); Indreptar Patimas, 1993 (Breviario de los vencidos, Tusquets Editores, 1998); Entretiens (Conversaciones, Tusquets Editores, 1996). Textos seleccionados por Fernando Savater: Contra la Historia (1983), Ensayo sobre el pensamiento reaccionario (1985) y este año Tusquets Editores ha publicado Cuadernos (1957-1972), selección de treinta y cuatro cuadernos manuscritos desde el 26 de junio de 1957 hasta finales de 1972.
En París, el 20 de junio de 1995, aquejado de Alzheimer (bendito refugio para su memoria agobiada), E.M. Cioran por fín se rindió ante Hipnos, ese obseso acosador al que creía haber eludido trasnochando en soledad por el Quartier Latin. 

De Cuadernos (1957-1972)
- No son los males violentos los que nos marcan, sino los males sordos, los insistentes, los tolerables, aquellos qué forman parte de nuestra rutina y nos minan meticulosamente como el Tiempo. 
- El orgasmo es un paroxismo; la desesperación, otro. El primero dura un instante; el segundo una vida.
- Aquella mujer tenía un perfil de Cleopatra. Siete años después hubiera podido pedir limosna en una esquina. Experiencia que debiera curarnos en el acto y para siempre de toda idolatría, de todo deseo de buscar lo insondable en unos ojos, en una sonrisa o en una voz.
- Seamos razonables: nadie puede estar completamente de vuelta de todo, y puesto que no existe una decepción universal, tampoco podría existir un conocimiento universal.
- Imposible asistir más de un cuarto de hora sin impaciencia a la desesperación de alguien. 
- Para poder vislumbrar lo esencial no debe ejercerse ningún oficio. Hay que permanecer tumbado todo el día, y gemir...
- La amistad sólo resulta interesante y profunda en la juventud. Es evidente que con la edad lo que más se teme es que nuestros amigos nos sobrevivan. 
- Lo que aún me apega a las cosas es una sed heredada de antepasados que llevaron la curiosidad de existir hasta la ignominia. 
- "Creo que tú has llegado a detestar tanto lo que piensan los demás como lo que tú mismo piensas", me dijo aquella amiga poco después de vernos tras una larga separación. Más tarde, en el momento de despedirnos, me citó un apólogo chino del que podía deducirse que nada iguala el olvido de sí mismo. Ella, el ser más presente, el más rebosante de "yo" que pueda imaginarse, ¿por qué especie de malentendido preconiza ahora la renuncia hasta el punto de creer que ofrece el ejemplo perfecto?
- He condenado con tanta frecuencia toda forma de acto, que manifestarme, de cualquier manera que sea, me parece una impostura, por no decir una traición. -Sin embargo continúa usted respirando. -Sí, hago como todo el mundo. Pero...
- Cuando se ha salido del círculo de errores y de ilusiones en el interior del cual se desarrollan los actos, tomar posición es casi imposible. Se necesita un mínimo de estupidez para todo, para afirmar e incluso para negar.
- Todo lo que me opone al mundo me es consustancial. La experiencia me ha enseñado pocas cosas. Mis decepciones me han precedido siempre.

- Existe un placer innegable en saber que lo que se hace no posee ninguna base real, que da lo mismo realizar un acto que no realizarlo. Sin embargo, en nuestros gestos cotidianos contemporizamos con la Vacuidad, es decir, alternativamente ya veces al mismo tiempo, consideramos este mundo como real e irreal. Mezclamos verdades puras con verdades sórdidas, y esa amalgama, vergüenza del pensador, es la revancha del ser normal.
- Sólo la música puede crear una complicidad indestructible entre dos seres. Una pasión es perecedera, se degrada como todo aquello que participa de la vida; mientras que la música pertenece a un orden superior a la vida y, por supuesto, a la muerte.
- Si no poseo el gusto del misterio es porque todo me parece inexplicable, o mejor dicho, porque lo inexplicable es mi único sustento y estoy harto de él.
- X. me reprocha que me comporte como un espectador, que no participe en nada, que lo nuevo me repugne. -"Pero si yo no quiero cambiar nada", le respondo. Sin embargo, no ha comprendido el sentido de mi respuesta: me cree modesto.
- Se ha señalado con razón que la jerga filosófica cambia tan rápidamente como el argot. ¿Las razones? La primera es demasiado artificial, el segundo demasiado vivo. Dos excesos desastrosos.
- La mujer fue importante mientras simuló pudor y reserva. iQué deficiencia demuestra empeñándose en dejar de jugar el juego! Ahora ya no vale nada, pues se asemeja a nosotros. Así desaparece una de las últimas mentiras que hacían tolerable la existencia.
- Amar al prójimo es algo inconcebible. ¿Acaso se le pide a un virus que ame a otro virus?- Los únicos acontecimientos importantes de una vida son las rupturas. Ellas son también lo último que se borra de nuestra memoria.
Silogismos de Amargura
- Hemos saboreado todos el mal de Occidente. Sabemos demasiado del arte, del amor, de la religión, de la guerra, para creer aún en algo; hemos perdido además tantos siglos en ello... La época de la perfección en la plenitud está terminada. ¿La materia de los poemas? Extenuada. ¿Amar? Hasta la chusma repudia el "sentimiento". ¿La piedad? Visitad las catedrales: ya no se arrodillan en ellas más que los ineptos. ¿Quién desea aún combatir? El héroe está superado; únicamente la carnicería impersonal sigue de moda. Somos fantoches clarividentes, ya sólo capaces de hacer muecas ante lo irremediable. ¿Occidente? Una posibilidad sin futuro. 
- Para dominar a los hombres hay que practicar sus vicios y añadir a ellos alguno más. Véase el caso de los papas: mientras fornicaban, practicaban el incesto y asesinaban, dominaban el mundo y la Iglesia era omnipotente. Desde que respetan sus preceptos, su poder se degrada: la abstinencia, lo mismo que la moderación, les ha resultado nefasta; convertidos en personas respetables, nadie les teme ya. Edificante crepúsculo de una institución. 
- En la Antigüedad, el filósofo que no escribía, pero pensaba, no se exponía al desprecio; desde que nos postramos ante la eficacia, la obra se ha convertido en el absoluto del vulgo; a quienes no producen se les considera "fracasados". Sin embargo, esos "fracasados" habrían sido los sabios de otros tiempos; ellos rehabilitarán nuestra época por no haber dejado trazas en ella. 
- Apenas se medita ya de pie, y menos aún andando. Fue nuestro empeño en conservar la posición vertical lo que originó la Acción; por ello, para protestar contra sus perjuicios, deberíamos imitar la postura de los cadáveres. 
- El prejuicio del honor es propio de las civilizaciones rudimentarias. Cesa con la aparición de la lucidez, con el reinado de los cobardes, de aquellos que, habiéndolo "comprendido" todo, no tienen ya nada que defender. 
- Dichosos esos frailes que, al final de la Edad Media, corrían de ciudad en ciudad anunciando el fin del mundo. Poco les importaba que sus profecías tardaran en cumplirse. Podían desmandarse, dar rienda suelta a sus terrores, descargarlos sobre las muchedumbres; terapéutica ilusoria en una época como la nuestra, en la que el pánico, introducido en las costumbres, ha perdido sus virtudes. 
- Para vengarnos de quienes son más felices que nosotros, les inoculamos -a falta de otra cosa- nuestras angustias. Porque nuestros dolores, desgraciadamente, no son contagiosos. 
- El pesimista debe inventarse cada día nuevas razones de existir: es una víctima del "sentido" de la vida.
- En este "gran dormitorio", como llama un texto taoísta al universo, la pesadilla es la única forma de lucidez.
- Fuera de la dilatación del yo, fruto de la parálisis general, no existe ningún remedio contra las crisis del abatimiento, contra la asfixia de la nada, contra el horror de no ser más que un alma dentro de un salivazo.
- Aunque pudiera luchar contra un ataque de depresión, ¿en nombre de qué vitalidad me ensañaría con una obsesión que me pertenece, que me precede?. Encontrándome bien, escojo el camino que me place; una vez "tocado", ya no soy yo quién decide: es mi mal. Para los obsesos no existe opción alguna: su obsesión ha elegido ya por ellos. Uno se escoge cuando dispone de virtualidades indiferentes; pero la nitidez de un mal es superior a la diversidad de caminos a elegir. Preguntarse si se es libre o no: bagatela a los ojos de un espíritu a quien arrastran las calorías de sus delirios. Para él, ensalzar la libertad es dar pruebas de una salud indecente. ¿La libertad? Sofisma de la gente sana.
- En un mundo sin melancolía los ruiseñores se pondrían a eructar. 

- Sin poseer la facultad de exagerar nuestros males, nos sería imposible soportarlos. Atribuyéndoles proporciones inusitadas, nos consideramos condenados escogidos, elegidos al revés, halagados y estimulados por la fatalidad. Afortunadamente, en cada uno de nosotros existe un fanfarrón de lo Incurable. 
- ¿Alguien emplea continuamente la palabra "vida"? Sabed que es un enfermo.
- Si alguna vez has estado triste sin motivo, es que lo has estado toda tu vida sin saberlo.
- Nosotros nos parapetamos detrás de nuestro rostro: al loco le traiciona el suyo. El se ofrece, se denuncia a los demás. Habiendo perdido su máscara, muestra su angustia, se la impone al primero que llega, exhibe sus enigmas. Tanta indiscreción irrita. Es normal que se les espose y se les aísle. 

- En cuanto un animal se trastorna, comienza a parecerse al hombre. Observad un perro furioso o abúlico: parece como si esperara a su novelista o a su poeta. 
 - He adquirido mis dudas penosamente; mis decepciones, como si me esperasen desde siempre, han llegado solas -iluminaciones primordiales.

Cuenta Eduardo Febbro que una vez, estando con Cioran en su casa, le tradujo la letra de un tango que disfrutaba sin entender las palabras (a Cioran le gustaba el tango tanto como las melodías gitanas magyares, hechas a golpes de sentimiento). Era Naranjo en flor; atrapado en esos versos de Homero Expósito, el viejo escéptico, el rumano universal, supo y admitió que encontraba la síntesis perfecta de supensamiento :
Primero hay que saber sufrir
 después amar, después partir
 y al fin andar sin pensamiento”.